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La utilidad de lo inútil

Se nos ha dicho por activa y por pasiva que las humanidades están obsoletas, que los que se dediquen a ellas no tendrán un futuro o al menos, no un futuro idílico como aquellos que se dedican a asuntos más provechosos, técnicos y que dan un rendimiento inmediato. El saber en ocasiones constituye un obstáculo contra el delirio de omnipotencia del dinero y el utilitarismo, parece ser que todo vale y que todo tiene un precio y que por ejemplo, tal y como se concibe ahora, un profesor o una persona que se va a doctorar en algún aspecto de la Edad Media, es un sujeto que tan solo va a costar dinero, luego, no es útil.

Es curioso observar como ese “homo economicus” es voraz y autodestructivo, no se detiene a pensar realmente en lo que sería suprimir de las vidas de los seres humanos el arte, la literatura, la filosofía o la historia. Es como si de repente, dejáramos de sentir para pasar a obedecer, se acabaron los soñadores y llegaron los autómatas. Nuccio Ordine, creador de una pequeña pero deliciosa obra, llamada La utilidad de lo inútil, expone de forma magistral el devenir del hombre sin una guía que vaya más allá del dinero y el resultado, como podemos adivinar, es tétrico. La calificación abierta de que el siglo XXI es un siglo utilitarista no es nueva, pero es demasiado constante y se nos recuerda con ahínco día a día.

Por ejemplo, un hombre que siempre es recurrente en estos casos, Cicerón, en una obra llamada Las paradojas de los estoicos, diría que el hombre se empobrece cada vez más mientras crea enriquecerse, porque el afán de lucro por el lucro, no es sino un embrutecimiento del alma. No solo en la época republicana romana vemos estos atisbos de vileza en el enriquecimiento sin cortapisas del hombre, también Giordano Bruno, en su libro De Inmerso, nos deja ver que esa necesidad material lo marchita todo, sin compasión.

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Ordine, al crear una obra concebida como una oda al saber y al imperecedero mundo del amor al arte, quiere pausar un mundo acelerado. Imaginemos un momento todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Cada año, grandes compañías sacan a la luz productos que atraen a millones de personas, pero que no dejan de ser reciclados constantes de lo que ya fueron, pero con distinta forma, tan solo para seguir vendiendo. Imaginemos por un momento que un producto, sea el que sea, durara para siempre y que no tuviéramos que consumir en ropa, electrónica o calzado. El show bussines del mundo capitalista se colapsaría. La pausa que nos propone Ordine es detenernos y analizar nuestro alrededor y el mundo que nos rodea con los anteojos que sabios, eruditos y pensadores anteriores a nosotros nos han dado en herencia, porque aunque nos parezca que vamos a la vanguardia del desarrollo, muchos de los problemas que tenemos ahora, fueron vislumbrados con mayor pericia por gentes letradas, como Víctor Hugo o Heráclito, el cual postulaba que es mucho mejor como conjugación del hombre, ser que tener.

Con posturas mucho más radicales, Theóphile Gautier diría que tan solo es hermoso lo que no sirve para nada, todo lo útil es feo, porque es la expresión de alguna necesidad y las necesidades del hombre son ruines y desagradables, igual que su pobre y enfermiza naturaleza. El rincón más útil de una casa son las letrinas. Claro está que el pensador francés estaba resentido por el cierre de su periódico y a modo de epílogo dedicó unas hermosas palabras al gobierno de turno.

Lo que me enerva como ínfima parte de la sociedad, como individuo, es que se prefiera el último modelo de teléfono, coche o tostadora biónica, antes que encontrarnos a nosotros mismos entre las páginas polvorientas de un libro. Calvino postuló que leer a los clásicos por ejemplo, era una forma de conocernos mejor, porque con cada obra aprendíamos y nos creábamos a nosotros mismos. Una sociedad que lee es competente y una que no, es manipulable.

Ir hacia lo útil es olvidar a Baudelaire y sus flores del mal, es olvidar la peregrinación de Dante por el infierno y su posterior ascenso como ser humano nuevo y glorificado, esa Divina Comedia que es la vida misma. Es relegar al cajón del olvido las andanzas de Don Quijote con el buenazo de Sancho por las llanuras castellanas y sus enseñanzas nobles y puras. Es como si le prohibiéramos a un niño imaginar, preguntar o soñar. Es cruel e inhumano. Víctor Hugo escribió una vez que en épocas de crisis donde primero suelen caer las ayudas económicas es en la cultura porque, ¿Qué más da que un joven no conozca la Celestina o el pensamiento de Platón, mientras sepa inglés nivel nativo?

Hugo también dirá que todos aquellos que han dedicado o que están dedicando sus vidas a lo que no sirve, son unos valientes que deben ser respetados y que si seguimos así, como diría Julien Gracq se acabará liquidando la memoria a fuerza de una progresión de barridos que conducirán a la amnesia total. Por esa misma razón es necesario que el mundo se llene de valientes que no se enganchen al tren del progreso, es muy necesario que, cuando veamos un cuadro de Rembrandt o de Van Gogh se nos siga arremolinando el vello en la nuca y sepamos el porqué de ese sentimiento, porque de no ser así, seríamos como gárgolas de piedra mirando un estanque, impávidos, sin alma. Sigamos el ejemplo de García Lorca entonces, alimentemos ese pequeño grano de locura que todos llevamos dentro, sin el cuál sería imprudente vivir.

Fuente: http://queaprendemoshoy.com/la-utilidad-de-lo-inutil/


2 comentarios

  1. Yo también quiero perseguir el conocimiento inútil, el que más placer proporciona. En lo cotidiano, intento entrar más en el “modo ahorro”. Si necesito menos creo que seré más feliz. Que bonita reseña, Juan! El libro me gustó mucho a mi también. Un abrazo

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